Playa de Oro: último remanente de selva virgen en la provincia de Esmeraldas

Esmeraldas es posiblemente la provincia más rica e, irónicamente, la más olvidada del Ecuador; marginada desde tiempos memorables del desarrollo nacional a pesar de todas las riquezas que aporta al país. Nuestro destino se centra en uno de esos lugares dentro de esta región que, además de todo el patrimonio natural que posee, sobrevive al paso del tiempo con la cotidianeidad y la subsistencia propia de sus habitantes. Su nombre es Playa de Oro.

La población de esta comunidad es mayoritariamente negra; quizá, uno de los factores principales por el cual la vida de estos habitantes fronterizos ha cambiado poco desde hace décadas. A esto se suma su convicción de respeto hacía la naturaleza, pues, a diferencia de sus vecinos, en Playa de Oro han sabido cuidar y respetar la selva que los ha visto crecer, rehusándose a explotar los recursos naturales que tienen a su alrededor.

Llegar hasta aquí supone ser una aventura por la región selvática de Esmeraldas. Sin embargo, la ruta se ve interrumpida por algunas piscinas artificiales abandonadas y bosques talados, testigos del paso destructor de la minería ilegal y la deforestación. Muchas de las comunidades de la zona norte de Esmeraldas han sido obligados a usar la madera de sus bosques como sustento de sus pueblos por cientos de años, pero nunca es suficiente y, la destrucción se nota a leguas.

Al ponerse el sol, llega un momento de belleza indiscutible en Selva Alegre, el último poblado hasta donde se puede llegar en transporte terrestre por la ruta del Spondylus en el extremo norte de la provincia, desde aquí, es necesario tomar una lancha por casi una hora sobre el majestuoso río Santiago, la columna vertebral de los pueblos afrodescendientes que se encuentran en Esmeraldas.

Playa de Oro, la última comuna bañada por sus aguas verde esmeralda en la profundidad de la selva lucha por conservar la pureza del río Santiago y mantener el bosque con todas sus riquezas. Es un compromiso de todos los habitantes de este pueblo, “aquí se caza un animal para cubrir necesidades de la familia, antes que tocar los recursos naturales”, nos comenta Luis, nuestro capitán de la lancha, mientras navegamos el río.

Y no es para menos, ya que Playa de Oro se encuentra en los límites de la Reserva Ecológica Cotacachi-Cayapa, una de las más grandes de Ecuador. Compartida entre las provincias de Esmeraldas e Imbabura, su superficie se extiende desde los bosques húmedos tropicales de la costa del Pacífico ecuatoriano, hasta las altas cimas rocosas y a veces nevadas del volcán Cotacachi (4.939 msnm) en la Cordillera de los Andes. Toda una experiencia de cambios altitudinales que dan una idea de la majestuosa belleza y tipos de ecosistemas que alberga el norte de Ecuador.

Turismo comunitario, ejemplo de estructura sostenible

En el puerto improvisado de la comunidad nos recibe doña Marta Corozo, tía de una de nuestras compañeras de viaje y encargada de las cabañas que prestan el servicio de turismo vivencial en la zona. Al costado izquierdo del pueblo, a unos 20 pasos de la última casa, los habitantes bajo el apoyo de la Prefectura de la provincia han construido varias estructuras de madera, un ambiente rústico y acogedor para albergar a los visitantes que se animan a conocer este paraíso escondido. Varios pasos más adelante está el comedor comunitario, donde sirven platos típicos con productos de la zona y elaborados por las mujeres del pueblo. Aquí se prepara desde guanta, gallinas salvajes, y animales de caza, hasta una gran variedad de mariscos de agua dulce, capturados en el río Santiago. Por su parte los hombres se han convertido en guías y ofrecen emocionantes caminatas por los senderos, paseos en canoa río adentro y visitas a puntos clave para la observación de aves.

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Cabañas de hospedaje comunitario

La organización en conjunto de los pobladores de Playa de Oro apunta a ser un nuevo referente de turismo sostenible, fuente de ingreso importante y muy ajena al de las multinacionales que arrasan con todo, a tan solo poca distancia de aquí. Esta forma de trabajo en comunión les ha permitido administrar sus propios recursos y aprovecharlos para el beneficio de todos. Los precios son muy asequibles, la noche en las cabañas cuesta: $25,00 ( $5 p/p) y la alimentación varía dependiendo del plato, los hay desde los $3,50 hasta los $8,00 p/p; mientras que el transporte en lancha puede costar entre $100,00 ida/vuelta; claro que si van en grupo sale mucho más barato.

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Tienda del pueblo. 

Lo interesante de este proyecto es que, sus habitantes, a través del Ministerio de Ambiente y Turismo del Ecuador, se han capacitado estrictamente en materia de regulaciones ambientales para la medición del impacto del turismo sobre los recursos naturales del lugar, considerando importantes factores como: ingresos económicos, participación comunitaria, y toma de decisiones desde el enfoque del desarrollo sostenible que no afecten su entorno. Están preparados y, se nota en el trato y atención que recibes desde que llegas. Aún no es un lugar explotado y no quieren que lo sea; por eso todo esta regulado para no interferir en la pacífica vida de los comuneros y miles de especies que aquí residen.

Marta nos lleva hasta nuestra cabaña para diez, aunque apenas éramos seis. Un francés, un alemán, y cuatro ecuatorianos. Nos acomodamos y salimos rápidamente a explorar el pueblo de tan solo tres calles principales. Casas coloridas de construcción mixta entre madera y cemento delimitan los estrechos caminos peatonales; una cancha de uso múltiple, lugar de concentraciones, se abre en la mitad del pueblo y, frente a ella una pequeña iglesia más parecida a una capilla es la guardiana del lugar. Aquí los comuneros realizan actividades culturales de integración, desde hace ya casi 400 años, según data la historia del lugar.

En media hora caminamos todo el pueblo, un cementerio abandonado, una escuela de formación primaria y una oficina del Ministerio de Ambiente son algunas de los puntos que observamos, además de una Salsoteca (discoteca de salsa) que permaneció cerrada todo el tiempo. En el muelle del pueblo, los niños desafían sin ningún temor la fuerte corriente del río Santiago y se sumergen en él, en un juego constante de adrenalina y diversión pura. Esto seguramente es parte de su rutina durante los fines de semana.

 

Al interior de la selva

En esta población donde viven alrededor de 100 familias, por su ubicación, la mayoría de sus atractivos se encuentran al aire libre, en medio del verdor que rodea a la selva.

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Navegando en el río Santiago

Al siguiente día, la misma lancha que nos trajo, nos esperaba nuevamente en el embarcadero para adentrarnos río adentro y conocer más de las maravillas naturales que presenta el lugar. Navegamos contra corriente por al menos 40 minutos, observando miles de aves y varios monos juguetones que saltaban de rama en rama por los árboles circundantes al río. Playa de Oro es conocido además como un lugar propicio para la observación de aves, profesionales en el tema vienen hasta aquí para con algo de suerte, observar y descubrir nuevas especies. Hasta el momento se han encontrado más de 330 diferentes tipos de aves, según datos del Ministerio de Ambiente.

Anclamos frente a una pequeña entrada que se abría entre los árboles. Desde aquí empezamos a caminar selva adentro mientras Luis, nuestro guía, nos mostraba algunos macizos milenarios y plantas curativas que usan en la zona como medicina ancestral. Además de ser un lugar rico en flora y fauna, también es un dispensario natural frente a muchas enfermedades. El punto final de la caminata era la cascada de San Juan, una mediana caída de agua natural que viene desde las montañas de los andes y aún estando al nivel del mar, el rocío se siente frío y fresco. Este paraje natural es ideal para desconectarse; aquí los visitantes pueden aprovechar para nadar y refrescarse de la humedad producida por la selva.

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Luis nuestro guía, descansando en la cascada de San Juan

La lluvia empezó a caer en el bosque tropical justo a nuestra vuelta. Este bosque forma parte de la biorregión del Chocó que viene desde Panamá y termina en suelo ecuatoriano, pero es quizá en estas estribaciones de los andes occidentales donde se encuentran la más abundante diversidad de aves y animales. En nuestro camino de vuelta observamos gavilanes, perdices, aves de diferentes colores, huellas misteriosas de jaguares y monos nuevamente. Caminar por aquí es un verdadero deleite visual que nos conecta directamente con el otro mundo que vive más allá de las inmediaciones de la gran ciudad.

Actividad que dio nombre al pueblo

Existe un dicho que expresa “cuando el río suena, piedras trae” y, el sonido del río Santiago al parecer ha sido uno de fortuna, por eso no es ninguna coincidencia que en sus orillas se asiente un lugar cuyo nombre se atribuya a esta riqueza, pues este lugar fue una verdadera mina de oro. Hace casi 100 años, según la historia en el Gobierno del General, Eloy Alfaro, empresarios ingleses llegaron hasta aquí para extraer las pepitas del mineral más preciado del mundo. No obstante, desde que la población de Playa de Oro le dijo no a la tentación de la minería ilegal, esta actividad se ha quedado impregnada como parte de la cultura comercial de los comuneros, aunque ahora suele ser muy difícil de encontrarlas, nos comentó Marta.

Primero se recoge arena de río en una batea de madera, hasta 30 libras por carga y ahí empieza el trabajo duro. Con sutiles movimientos los buscadores de oro giran la batea para deshacerse de la arena y, el oro que es más pesado va quedando en el fondo en forma de pequeños y brillantes granitos. Aunque cada uno en el pueblo tiene su técnica, al final es cuestión de suerte.

Quienes viven aquí, saben que esta zona fue es o fue rica en oro, por eso consideran que las demás comunidades han vendido mucha de sus tierras para que grandes maquinarias consigan hacer en horas, lo que tarda días encontrar. Playa de oro, sin embargo, ha sido la excepción, ya que sus habitantes conocen de sus terribles consecuencias, y por esta razón decidieron conservar su bosque y seguir viviendo de él sin afectarlo.

En nuestra última noche, luego de un voraz aguacero, la noche se animó en el pueblo y se prendió la fiesta con esa fuerza que corre por las venas de los esmeraldeños y estalla en los sonidos de la marimba, el instrumento típico de la población afroecuatoriana. Música de sus ancestros que actualmente la representan en cánticos de sabor, tristeza, jolgorio y pasión. Así que, durante un par de horas nos dejamos contagiar por el ritmo de estas danzas que reavivan la cultura negra de Esmeraldas en su más pura y sana expresión.

Es muy significativo para mí como esmeraldeño, comprehender y ser parte de los procesos realizados por los playadoreños para transformar la lógica de invisibilización de los pueblos afrodescendientes en América latina y refrenar la usurpación de sus recursos naturales, a través de una forma más ecológica y sostenible de aprovecharlos. Un verdadero ejemplo para las culturas vivas que aún disfrutan de la libertad en sus tierras.

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Vista desde el muelle de Playa de Oro

DATOS INFORMATIVOS:

  • Cómo llegar: Desde la capital de Esmeraldas hasta Selva Alegre hay acceso terrestre en las cooperativas de transporte ‘Costeñita’ y ‘Del Pacífico’. Allí se puede tomar una lancha con capacidad para 6 personas río arriba por $120,00 hasta Playa de Oro (45 minutos).
  • Costos: Hospedaje, $5 p/p (nacionales); $25 p/p (extranjeros). La alimentación cuesta entre $3,50 y $8,00 p/p.
  • Info: (09) 8059-0008, playadeoro@pucese.edu.ec, http://www.playadeoroadven ture.com

 

Texto y Fotografía: Juan Carlos Espantoso

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