Entre Rutas

Por paisajes y mercados: la Alsacia francesa

El territorio de Alsacia siempre ha sido sinónimo de disputa. Durante más de 300 años ha  sido motivo de rivalidad entre Francia y varios estados alemanes, hasta que finalmente se le reconoció como región francesa tras la Segunda Guerra Mundial.

Muy por encima, esta es su historia. Pero pasear por este territorio es todo lo contrario a sentirse en una zona de disputa. Las casitas, la naturaleza, el vino y el queso es lo que predomina. Suena a tópico, pero así es. Los habitantes de esta región viven en una tranquilidad rodeada de buena gastronomía y paisajes sacados de películas.

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Templo de San Esteban. Foto: Judit Gabaldón

Mulhouse

Para la mayoría de los franceses esta es la ciudad de los coches y los trenes, pero para los visitantes lo más destacado es su mercado. Al contrario de lo que se pueda esperar, en este espacio no predominan los productos franceses, sino que se combinan con productos marroquíes como si estuviésemos en el Zoco de Marrakech. Queso al lado de cuscús; vinos junto a tés y foie frente a pasteles de higos. ¡Incluso se regatea! Aquí se vuelve a aplicar la norma marroquí: lo que tiene precio es innegociable y lo que no lo tiene nos lleva a acabar hablando con cualquier tendero, a ver por cuánto lo podemos comprar.

El centro es otro de los puntos destacados de esta ciudad. Del caos de su mercado a las calles empedradas y casitas con la típica arquitectura alsaciana. Lo que más llama la atención en este punto de la ciudad es el Templo de San Esteban, el edificio protestante más alto de toda Francia. Alrededor también hay mercados, en su mayoría venden repostería francesa y vinos.

Estrasburgo

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Le Petit France. Foto: Judit Gabaldón

Aunque donde más famoso es el vino es en Estrasburgo. En esta ciudad están los tradicionales winstubs o salones de vinos, donde sirven las especialidades locales acompañadas de las mejores marcas de esta bebida. Y, atención, porque las especialidades locales combinan platos franceses y alemanes. Estrasburgo es una de las ciudades alsacianas más próximas a la frontera con Alemania, por lo que la influencia de este país se nota en todo; desde su gastronomía hasta su arquitectura.

 

La ciudad mantiene una distribución parecida a la de París y puede parecer fría, pero el hecho de estar rodeada de ríos y canales hace que pasear por ella sea mágico. Puentes medievales que cruzan el río frente grandes galerías de moda. Pero la mejor parte de Estrasburgo es Le Petit France. En el centro, esta pequeña zona de la ciudad ha conservado la esencia de Alsacia con las típicas casas de la región, los restaurantes que se heredan de generación en generación y el famoso puente donde convergen varios ríos y desde el que se ve toda la zona.

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Canal de Le Petit France. Foto: Judit Gabaldón

Colmar

Colmar es Le Petit France a lo grande. Las calles empedradas y los restaurantes típicos franceses crecen hasta expandirse por toda la ciudad. Son muchos los que dicen que es en Colmar donde empieza la película Disney de La Bella y la Bestia, y lo parece. El ‘Bonjour’ se escucha a cada paso y las plazas con pequeñas fuentes cubren a los que deciden pasar la tarde leyendo tranquilamente.

La ciudad también está rodeada de canales, en este caso provenientes del río Lauch. Es por esto que la suelen llamar la Pequeña Venecia francesa. Las góndolas desaparecen y reaparecen entre los puentes, llevando a los turistas que deciden ver la ciudad desde el agua. Vivir en Colmar es un orgullo para sus habitantes por la belleza de la ciudad, pero algo de lo que también se sienten muy orgullosos es de pertenecer a la ciudad donde nació Bartholdi, el creador de la Estatua de la Libertad. 

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Canales del río Lauch en Colmar. Foto: Judit Gabaldón

Neuf-Brisach

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Entrada a Neuf-Brisach. Foto: Judit Gabaldón

A medio camino entre Colmar y Friburgo, a pocos kilómetros de la frontera hacia Alemania, se ubica Neuf-Brisach. No destaca en muchas guías y los visitantes pasan de largo la mayoría de veces, pero lo cierto es que el pueblo en sí mismo es una curiosidad. Tiene forma de estrella y está entre murallas, ha conservado su estructura desde el mismo momento de su fundación. 

El diseño de este pueblo se desarrolló a partir de las fortificaciones y el baluarte construido por el arquitecto Vauban a finales del siglo XVII.

Y es precisamente en este pequeño pueblo, a pocos kilómetros de la frontera que tanto costó definir, donde siguen alzadas las banderas francesa y alemana junto a varios dibujos. Poniendo fin a una disputa que, aunque ahora no se vive, duró demasiados años.

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Cuadro ante la muralla de Neuf-Brisach. Foto: Judit Gabaldón
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