Entre Nosotros

El finito vivir, el infinito descubrir

«Viajar sintiéndose siempre, a un tiempo, en lo desconocido y en casa, pero a sabiendas de que no se tiene , no se posee una casa. Quien viaja es siempre un callejeador, un extranjero, un huésped» (El infinito viajar, 2008:12). Esta frase es la que, tal vez, mejor resume los conceptos que expone el autor en su libro. Nacido en Trieste, Claudio Magris describe cómo desde bien pequeño se ha sentido extranjero y huésped en su propia región. Puede que sea este el motivo por el que ha decidido convertir gran parte del mundo en su casa.

Casi cuarenta crónicas se reúnen en El infinito viajar con una finalidad común: mostrar la diversidad cultural que existe en todo el mundo y, más que exponer nuestras diferencias, enseñar al lector lo similares que somos los unos a los otros. Para conseguirlo, Magris ha estructurado su obra por países, dejando a un lado la cronología como eje narrativo y retratando así la complejidad de un país y sus cambios a través del tiempo. De esta manera, la visión completa que se forma el lector sobre Alemania incluye la narración acerca del muro de Berlín, a principios de los años 80, junto con la final disolución de los dos territorios, en la década de los 90.

Aunque esta estructura pueda distraer al lector de primeras, lo cierto es que apenas se nota que cada crónica pertenece a diferentes períodos de tiempo. Esto se debe a que todos los relatos  que engloban un determinado territorio se complementan los unos a los otros aún tratándose de hechos totalmente diferentes. Magris utiliza esta técnica que, a priori, parece arriesgada y aprovecha la estructura para poder retratar la realidad compleja que cada región tiene, sobre todo en lo referente a choques culturales como los presentes en toda Europa del Este.

A lo largo de cada relato, el autor se centra en varios puntos principales para describir la situación del país: la historia, la literatura y las descripciones, la mayoría de las veces haciendo un mayor hincapié en la literatura. Además, para darle un enfoque más humano e interesante, Magris aporta vivencias personales de amigos o conocidos durante los viajes. Así, los lectores no solo asistimos a una clase de historia o literatura, también somos capaces de ver cómo una realidad que en un principio nos parece extraña influye en personas como nosotros mismos. El ejemplo más claro hallado en el libro es el ambiente en los países comunistas, presente en la mayoría de crónicas.

Uno de los factores que destacan cuando lees a Magris es que te da la sensación de viajar, no junto a él, sino sola. El autor desparece, el ‘yo’ solo está en muy pocas ocasiones. Así, el periodista se hace a un lado para hablar de cada país y dedicarle el suficiente espacio. Algo parecido pasa con sus reflexiones acerca del viajar. A lo largo del libro se centra casi exclusivamente en el relato de los territorios. No es que sus reflexiones sobre el viaje y los viajeros desaparezcan, Magris las desplaza al prólogo, donde trata sobre qué es para él viajar.

De los once puntos que componen este inicio, nueve de ellos hablan sobre los viajes. No solo nos explica su punto de vista personal acerca de estos, sino que invita a que los lectores reflexionemos sobre ello y clasifiquemos sus crónicas en los distintos tipos de viajes que él describe.

Vivir viajando y no volver nunca. Viajar para aprovechar la vida y exprimir sus días. Como forma de cruzar fronteras y derrocar prejuicios, descubriendo siempre qué y quién hay al otro lado. Para ser capaces de analizar otras realidades distintas a la nuestra y aceptar tanto las diferencias como las similitudes de cada territorio. Con el firme objetivo de movernos contra el tiempo, porque tal y como muestra Claudio Magris en sus crónicas, hay tiempo finito y planes que parecen infinitos. Viajar como una manera de rescatar las historias del tiempo y, muchas veces, del olvido. Como una forma de combatir la inmoralidad que nos acompaña como ser humano ignorando aquello que nos pilla lejos. Para formarnos como viajeros que distinguen entre los lugares que nos cuentan sin necesidad de contexto y aquellos otros que no comprenderíamos sin sus rasgos. Para entender también que, a veces, donde más se ha vivido es de donde menos se puede escribir, porque en algunas ocasiones las palabras no salen, no son suficientes.

Estas son las principales maneras de viajar que concibe Magris. Pese a esto, para mí solo hay una, que es la suma de todas las anteriores y reafirma la cita que aparece en el primer párrafo. Y es que viajar significa sentirse parte del entorno para poder disfrutar y exprimir el tiempo, perderse para poder comprender y acabar con prejuicios y fronteras, pero también consiste en asumir la identidad extranjera que nos acompaña para ser críticos, para ser capaces de relatar lo que vivimos de una manera objetiva dentro de lo posible. Viajar significa todas y cada una de las características anteriores y para poder llevarlas a cabo son necesarias algunas recomendaciones, tanto para viajeros como para periodistas o cronistas de viajes:

  1. Tener siempre claro el lugar al que vas. Esto significa documentarte, tanto con textos como con opiniones ajenas. Así, podemos ver la situación en primera persona y destruir los prejuicios, las fronteras y los muros construyendo la realidad tal y como la hemos vivido.
  2. Como dice Claudio Magris, «El viaje en el espacio es a la vez un viaje en el tiempo y contra el tiempo» (2008:19). El tiempo es finito, los planes, y más en un viaje, no lo parecen. Para combatir esto es necesaria una buena organización y una agenda de rutas. Pero tener esta agenda de rutas también significa olvidarte de ella. En ocasiones no es necesario vivir bajo las órdenes del esquema previamente hecho, perdiéndonos por un lugar, callejeando, aprendemos más que visitando famosos museos que creíamos imprescindibles.
  3. Dejar un tiempo entre el viaje y lo que escribimos. Es necesario reflexionar cuando llegamos de otros países, de esta manera nos quedamos con lo auténtico, con aquello que más nos ha marcado y que bajo criterio periodístico pueda servir para unir una realidad distante con la nuestra.

«Donde nos cansamos es en casa, en nuestra ciudad y nuestro mundo, machacados por afanes y deberes, traspasados por mil flechas cotidianas banalmente venenosas (…) es en casa donde nos jugamos la pasión y el destino. El viaje, aún el más apasionado, siempre es pausa, fuga, irresponsabilidad, reposo respecto a todo auténtico riesgo» (2008:277). Esta reflexión de Claudio Magris es la mejor manera de acabar.

Los viajes se pueden traducir en vida, todo lo que esta nos aporta nos lo aporta también el viajar. Descubrimos y ampliamos puntos de vista, pero hay tantas cosas por descubrir que, a veces, ni la vida misma nos permite ese tiempo.

 

Judit Gabaldón

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