Entre Ciudades

Marrakech; ajetreo de vida

La llaman la Ciudad Roja, aunque también se podría describir como la ciudad de los mil colores, de los millones de sabores, de los infinitos olores y de los recuerdos eternos.

Marrakech es una de las ciudades más grandes y antiguas de Marruecos. Fundada en 1062 por la dinastía de los almorávides, una de sus muchas traducciones es “pasa rápido”. Y es que esta ciudad imperial era en sus orígenes el lugar al que acudían las caravanas de comerciantes a intercambiar sus bienes. Traspasar la muralla que divide Gueliz, la parte nueva, de la Medina o casco antiguo es viajar siglos atrás y volver a su inicio comerciante.

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La Koutoubia. Foto: Judit Gabaldón

Nuestra ruta empieza en el centro mismo de la Medina, en la Koutoubia o “mezquita de libreros”. Es la mezquita más importante y con mayor altura de la ciudad, de hecho está prohibido construir por encima de ella. Tuvo que ser reconstruida dos veces, ya que la primera vez que se alzó no miraba en la dirección correcta hacia la Meca. Para los que nunca habéis viajado a Marruecos, debéis tener en cuenta que la entrada a las mezquitas está prohibida para aquellos que no sean musulmanes.

 

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Encantador de serpientes. Foto: Judit Gabaldón

A pocos metros de la Koutoubia está la famosa plaza de Jamaa el Fna, centro de la Medina y en general de la vida pública de Marrakech. En Jamaa el Fna se sigue vendiendo seda, sal y especias, pero también es el lugar del teatro y el espectáculo. Desde media mañana los encantadores de serpientes deambulan por la plaza y, a medida que el sol se esconde y las paradas cierran, van apareciendo pequeños grupos que se apiñan en torno a cantantes de música tradicional marroquí. Uno de los momentos más mágicos es justo en este instante, durante el atardecer, cuando las oraciones de todas las mezquitas de Marrakech se unen a coro y se escuchan por toda la plaza.

El Zoco es el lugar perfecto en el que perderse de compras. Y decimos perderse porque, de hecho, no se puede visitar de otra manera. Es un mercado gigante que recorre muchas de las laberínticas callejuelas de la Medina. Dato importante: es ‘obligatorio’ regatear, todo lo que no tenga precio se debe negociar, ¡disfrutad de ello! Desde ropa de piel o seda hasta lámparas hechas a mano, aquí destacan los colores y la vida.

 

 

Deambulando más allá del Zoco, entre las calles de la Medina encuentras el Marruecos más auténtico con sus pequeños lugares como herboristerías familiares, donde no falta la conversación y toda clase de tés. También se encuentran casi por casualidad zonas como Le Jardine Secret, un antiguo riad, o casa marroquí, reconvertido en un museo. Al final, perderse por esta zona es un respiro al ajetreo y estrés de las calles del mercado.

 

 

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Palacio Bahia. Foto: Judit Gabaldón

 

“La casa del moro por fuera es de barro y por dentro de oro”, un dicho que define las construcciones de Marrakech. Por fuera todo se parece, por dentro pueden esconderse grandes palacios decorados con mosaicos, como es el caso del Palacio Bahia. Ocupa ocho hectáreas repartidas en 150 habitaciones, patios y jardines.

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Palacio El Badi. Foto: Judit Gabaldón

 

De el Palacio El Badi, de finales del siglo XVI, se ha conservado muy poco de sus mosaicos, pero la grandeza del estilo arquitectónico árabe con influencias de la Alhambra aún está muy presente. La entrada a estos palacios ronda los 15 dirhams, menos de 1,50€, por lo que suelen estar llenos.

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Especias en el Mellah. Foto: Judit Gabaldón

 

Desde estos palacetes se puede oler la magia de Marruecos. Cerca queda el barrio judío o Mellah, donde está el mercado de las especias. Las construcciones de madera abundan a un lado y otro de las calles y, combinado con la variedad de olores y colores, parece que estemos en un pequeño pueblo.

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Jardines de Majorelle. Foto: Judit Gabaldón

 

Fuera de la Medina también hay tesoros como los Jardines de Majorelle, propiedad de Yves Saint Laurent desde 1980. Este lugar reúne vegetación de todo tipo: palmeras, bambú y cactus, aparte de plantas acuáticas y otras de jardín. Es una opción perfecta para escapar de las multitudes de la Medina y relajarse con el fluir del agua. Aquí predomina el color azul, un puntito marino en medio de la Ciudad Roja.

 

Judit Gabaldón

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